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del clown de circo al clown de teatro

¿Por qué el clown en una pedagogía de arte dramático?

Ser clown, es una profesión de fe, una toma de posición ante la sociedad y la vida: ser ese personaje concreto y conocido de todos, por el cual se siente un vivo interés en eso que no sabe hacer, allí donde es débil. Aquello que habitualmente escondemos el clown lo acepta y se muestra tal como es.

El trabajo con el clown exige una explosión, a menudo a la inversa de la lógica: pone en desorden un cierto orden y permite denunciar también el orden establecido. El clown falla donde nadie lo haría y acierta cuando no lo esperamos.

La pequeña nariz roja, “la máscara más pequeña del mundo”, da a la cara una expresión redonda, iluminando los ojos de ingenuidad y ampliando el rostro, desposeyéndola de toda defensa.

El objetivo es el de enseñar las técnicas de búsqueda del propio clown y con ello las claves de la comedia a partir de la personalidad de cada alumno. Esta búsqueda reside en la autenticidad; en la libertad de ser uno mismo y, aceptando esta verdad, provocar la emoción y la risa de los demás. Despojamiento y verdad son dos características fundamentales en la interpretación y que mejor sitio para transitarlas a partir del universo particular del clown.

La relación clown-público, la presencia escénica, el gesto y el cuerpo como instrumento y elemento expresivo, los ritmos y el tiempo del clown, la improvisación, la espontaneidad y el desarrollo de la imaginación y la fantasía son el núcleo central del trabajo en el que se utiliza la nariz roja como elemento fundamental de trabajo.

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Del mimo al clown de teatro: un poco de historia.

En la historia de la mima, el lenguaje jamás estuvo separado del cuerpo. La pantomima latina exige el apoyo de un recitador, o al menos de un libreto o argumento de la pieza. En la Edad Media, no se separa prácticamente nunca el gesto de la voz. Es a favor de una alteración semántica que hoy se designa bajo el nombre de mima a un teatro exclusivamente mudo. Esta costumbre se remonta precisamente al siglo XIX con la aparición de actores que no podían utilizar otro medio de expresión que no fuera el gesto y que interpretaban mimodramas donde toda palabra estaba eliminada. Aunque Deburau no fue el inventor del teatro mudo, fue a partir de él que la pantomima excluyó el uso de la voz. Se trata pues de una concepción relativamente reciente.

Fue en las ferias de Saint Germain y Saint-Laurent en las que nuestros cómicos encontraron, unidos a las proezas de los saltimbanquis, bailarines de cuerda, manipuladores y equilibristas, un espacio de creación aunque sólo fuera en períodos autorizados. La fama creciente del teatro de feria terminó por eclipsar a la Comedia Francesa. La “Vieja Dama” veía mal verse poco a poco desplazada por esos saltimbanquis. Los grupos de Alard, Maurice y Bertrand sacaron partido del forzado exilio de los italianos (excelente ganga), habiéndose apoderado de su repertorio, para gran alegría del público, encantado de volver a ver gracias a ellos, sino originales (difícilmente imitables), al menos copias honestas, incluso honorables. Ellos fueron durante mucho tiempo los únicos en cultivar el movimiento y la expresión dramática. Se les puede considerar como los verdaderos precursores de Deburau y de todos aquellos que después de él, se formaron en el teatro del gesto.

Los empresarios de las barracas de feria comienzan a instalarse en la zona de los bulevares de París y en 1816 se abre el teatro de Funámbulos que al principio no tenía derecho sino a exhibir bailarines de cuerda y equilibristas. Se podía igualmente presentar vodeviles, a condición de que fueran presentados con marionetas.
En 1830, por fin, el teatro de Funámbulos pudo presentar el vodevil con comediantes verdaderos. Fue entonces cuando Deburau dio sus primeros pasos.
La principal especialidad del Funámbulo consistía en pantomimas “pirotécnicas” con “cambios de visión”, disfraces y metamorfosis, combates de sables, fanfarrias, cambios militares y explosión en el cuadro final.

El personaje de Pierrot había sobrevivido mal que bien hasta que Deburau lo inmortaliza, al revolucionar su arte -creando un nuevo género de payaso-, convirtiéndolo en un tipo que no tiene nada que ver con el antiguo esclavo tradicional, el paria desheredado que asiste, taciturno y solapado a las locuras de sus amos. El eterno humillado levanta la cabeza. No se rebela en realidad, no busca tampoco cambiar el rumbo de las cosas. Es en otra parte donde se inscribe su protesta: en el silencio, en el fuego de los signos, en la ilusión disfrazada donde se afirma su adhesión al despertar general del mundo; lo atraviesa y lo provoca, se mofa y burla de él; lo demuele, le pone sentido a lo que no lo tiene y lo reconstruye a su manera, como sólo lo saben hacer los poetas y los niños.

La migración de los mimos más populares y sobre todo, la destrucción del Bulevar del Templo en 1862, marcaron el declive de la pantomima. Al concederles el derecho a la palabra, los mimos se dispersan, unos se enrolaron como clowns de circo, haciendo que tanto las técnicas como el espíritu de la Comedia del Arte entraran a formar parte del mismo, otros se hicieron comediantes o comenzaban a presentarse en provincias y en el Music-hall.
La vehemencia satírica de Dario Fo, cuyas obras están impregnadas de misterios medievales, en las que su mujer, Franca Rame, que forma parte de una familia con tradición de varias generaciones, ha aportado gran material artístico de la Commedia dell’Arte ; los magistrales cambios de personaje de R. Devos que nos recuerdan a los juglares; el discurso mordaz y feroz de un Leo Bassi, con el añadido atrevimiento de comerse sus “propios excrementos” en plena escena, transportándonos a la Fiesta de los Locos.

El circo fue quién dio al clown la categoría de oficio, dejando en sus pistas el recuerdo de payasos legendarios como Grock, Popov, los Colombaioni, con sus tradicionales técnicas y gags propios de los cómicos del arte, o, nuestro entrañable y genial Charlie Rivel.

Posteriormente, y no podía ser de otra manera teniendo en cuenta el carácter innovador de nuestros cómicos, invaden la industria cinematográfica. La riqueza y variedad de clowns en el cine, y sus aportaciones al mismo, es inmensa. Gracias a este medio, llegan a cotas de popularidad inimaginables hasta ese momento, como les sucediera a los pantomimos romanos. Chaplin y Keaton, provenían del music-hall el primero y del vodevil americano, el segundo. Ambos géneros teatrales eran parecidos, convirtiéndose en una fuente inagotable de recursos, gags y sketchs para sus películas –en las que lo hacían todo-. Les siguen Harold Lloyd, Laurel y Hardy, los hermanos Marx; Jerry Lewis, que ha heredado mucho de todos los anteriores e inventado cosas nuevas, teniendo la habilidad de ser auténtico y convincente en un estilo particularmente alocado e histriónico; Cantinflas, con su gran humanidad y al que no se le ha dado su verdadero valor; Woody Allen y, los europeos Jacques Tati y Roberto Benigni, que ha conseguido imponer, en un tema tan tremendo como el holocausto en “La Vida es Bella”, su inteligencia, sutileza cómica e ingenio crítico.
La pantomima, pues, había descendido a la pista de circo y había aportado al clown la cara blanca de Pierrot, que se convierte en el clown Blanco o espala y que pronto se rodeadará de otros clowns con caraterísticas totalmente opuestas, apareciendo así el juego entre los Augustos y el clown blanco.

El clown de nuestros días, es un clown de teatro, basado más sobre el talento del actor que sobre las habilidades acrobáticas, dando vida a un mundo a menudo absurdo y cruel.
Pero es sobre todo la psicología y el juego del Augusto, el clown que nos llega a través del teatro, como muy bien expresara el maestro Jacques Lecoq: “Beckett ha aportado una nueva dimensión al clown, haciéndonos descubrir los soplos de la existencia. El héroe trágico se vuelve inabordable”. Descubriéndonos a un nuevo clown, un clown con rasgos de héroe contemporáneo, es decir, un antihéroe. La tragedia clásica se invierte para mostrarnos el absurdo de nuestra propia existencia y como resultado el clown encuentra su nuevo lugar.

INICIACIÓN AL SILENCIO

Con motivo del inicio del curso Intensivo de Teatro Físico-Gestual, hemos querido reflexionar sobre la importancia del silencio en la pedagogía y en la creación  dramática.

Nos gustaría que el lector no confunda el silencio como algo unido o exclusivo del mimo, o de un “teatro gestual” reducido a lo pantomímico. Es verdad que el mimo moderno se apoya en el silencio como punto de partida y devuelve al gesto una importancia que los discursos habían enterrado, pero el mimo vive en la profundidad del silencio, allí donde el gesto reemplaza a la palabra. En este sentido, toca lo más profundo de nosotros mismos; sus gestos hacen vivir los nuestros que, a menudo, no expresamos.

Pero hablamos del silencio como concepto clave para entender el arte dramático, como concepto clave para entender el gesto y la palabra a la vez, sin discrepancias, sin conflicto.

Entendemos de vital importancia que el actor se sitúe en un principio ante el silencio, y descubra preguntas como ¿ dónde nace el silencio? ¿qué prepara el silencio? ¿ cómo se permance en silencio?¿en qué se diferencia el silencio antes y después de la palabra? ¿nace el fondo de la  palabra de un silencio?.

Nos interesa el silencio, porque da vida a miradas nunca vistas, a gestos aún no ejecutados. Es en el silencio donde nace la calidad del gesto, de la acción  y de la palabra. Es en el silencio donde se preparan los impulsos que organizan el espacio interior, los ritmos que emergen con urgencia. La urgencia de la acción que nos moviliza enteramente requiere un silencio favorable a esta acción. El silencio se une a la concentración que favorece la acción posterior, el silencio después de la acción nos llevará a la reflexión, a la retención de uno mismo. 

Como decia el maestro Lecoq: ” Comenzamos por el silencio porque la palabra olvida las raíces de las que nació” “En todas las relaciones humanas aparecen dos grandes zonas silenciosas: antes y después de la palabra”.  “Sólo se sale de este silencio por dos  caminos: la palabra o la acción”

Y leyendo aquí y allá nos encontramos también con un libro magnífico escrito por Eusebio Calonge, “Orientaciones en el desierto”, donde el   artífice de la poética Zarandera, de esa sabiduría en poner palabras a la belleza del teatro, nos habla del silencio. Dice:

“Sólo en el silencio podremos oír la inaudible voz, el rumor de esta fuente del espíritu que nos fundamenta como creadores, es decir como propagadores del eco de ese manantial que surte en nuestras vidas la realidad trascendente.

La creación se tambalea si no es el silencio su más profundo cimiento. Sólo el silencio da profundidad a cada palabra y sin embargo es el silencio una de las mayores carencias con que nos encontramos hoy en nuestras vidas. Carencia que arrastramos y nos arrastra. Todo el arte dramático está ahogado en teorías, historicidad, métodos y estructuras, ruido y estruendo que apaga su germinación. La escucha del silencio, donde se da esa primera voz interior que los historiadores y teóricos parecen desconocer, es continuamente anegada con la enumeración de datos de quienes piensan con ideas hechas, empañando la memoria para ocultar las fuentes sensitivas.

El silencio es un estado en el cual el individuo toma conciencia de su unión con la divinidad, dice Kierkegaard. De esta unión que pone Gastón Baty en el origen de la historicidad del arte teatral, brotará la llamada, esa voz interior que no viene de ninguna garganta, ni la escucha ningún oído. Esa llamada que precede, ya que estaba presente en el silencio, a la respuesta. Esa voz cruzará por todo nuestro espíritu y recorrerá las fuentes sensitivas, como una semilla arraigada que abre la tierra, hasta reventar en un grito. Crear es gritar. “El grito sale del alma, es el alma”. Para florecer con ardientes palabras en nuestra conciencia. Será nuestra contestación entregada de nuevo a ese incandescente silencio, el principio del diálogo.

Sólo el silencio puede ser el origen. Sólo de él surgirá el grito de la palabra creadora. Sólo en él encontraremos voz a la que preguntaremos y que conformará el diálogo germinador de incógnitas que es toda creación. El que sabe hablar está iniciado en el silencio”

Esperemos que el silencio siga guiando nuestras acciones y palabras.

 

 

 

Mimo, el arte del silencio

El mimo moderno se apoya en el silencio como punto de partida y devuelve al gesto una importancia que los discursos habían enterrado.

El mimo vive en la profundidad del silencio, allí donde el gesto no reemplaza a la palabra.

El silencio da vida a miradas nunca vistas, a gestos todavía no ejecutados. En el silencio nace la calidad del gesto y la palabra. Es en el silencio donde se preparan los impulsos y las pulsaciones que organizan, en el espacio interior, los ritmos que emergen con urgencia.

El silencio está cargado de cualidades diferentes, dependiendo de que comience o termine una acción, un acto o una palabra. La urgencia de la acción que nos moviliza enteramente requiere un silencio favorable a esta acción. Es la acción la que obliga. El silencio de partida se une a la concentración que debe favorecer la acción que se producirá. El silencio después de la acción lleva a la reflexión, a la retención de uno mismo.

No hay conflicto entre la palabra y el silencio. El silencio ofrece a la palabra su calidad. La energía del silencio es la energía de la palabra.

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